Testimonios de rescatistas y sobrevivientes #SISMO #CDMX

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Historias de vida, drama y desesperación

Ciudad de México.- Varias horas después del sismo de 7.1 grados que sacudió el martes el centro de México, las imágenes se repiten: edificios destruidos, rostros desencajados por la angustia y miles de personas codo a codo trabajando con las autoridades para rescatar a quienes quedaron atrapados bajo los escombros.

Rescatistas buscaban sobrevivientes entre los restos de una escuela primaria que se derrumbó parcialmente en el sur de la ciudad. Fátima, una de las víctimas del derrumbe de la escuela Enrique Rébsamen, mandó mensajes de Whatsapp para avisar que se encuentra entre los escombros.

caos y derrumbes tras sismo en la cdmx

Algunos familiares dijeron que habían recibido mensajes de texto de dos niñas en el interior. Se continúan las labores para rescatar a la niña Fátima que se encuentra bajo escombros y mobiliario de la escuela.

“No hay poder humano que pueda imaginar el dolor que estoy pasando”, dijo a la AFP Adriana Fargo en un albergue improvisado a la intemperie, mientras espera noticias de su hija desaparecida bajo las ruinas de la escuela.

Pero en medio de la tortuosa incertidumbre de madres como Fargo, una esperanza se ha erigido poderosa entre las ruinas de la escuela Rebsamen.

Pedro Serrano, un médico de 29 años, fue uno de los civiles que se unió a las labores de rescate. Se arrastró por una grieta entre los restos del edificio. “Hicimos hoyos, luego pecho a tierra entramos”, dijo Serrano.

Con muy poco espacio, se movió como pudo para ir lo más profundo posible entre los restos de la escuela destrozada.

“Logramos entrar a un salón colapsado, vimos unos sillones, una mesas de madera”, relató el doctor. “Y de allí lo primero que encontramos fue una pierna. De allí empezamos a mover escombros y encontramos una niña y dos adultos, una mujer y un masculino”. Ninguno estaba vivo.

Los rescatistas los dejaron ahí. No había manera de sacarlos.

Carlos Mendoza, de 30 años, ayudó a remover escombros y auxiliar en el rescate de víctimas en uno de los edificios caídos en la colonia Roma. Cubierto de polvo, dijo que llevaba tres horas trabajando y había logrado sacar a dos personas vivas del derrumbe. “Al ver esto, venimos a ayudar. Está fea, muy fea… Es muy triste, alarmante”.

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Edith López, vendedora de un mercado de 25 años, dijo que estaba en un taxi cuando se sintió el temblor y que observó cómo se rompían las ventanas de algunos edificios. De inmediato trató de localizar a sus hijos, que había dejado encargados a su madre.

En la colonia Roma, Alma González estaba en su departamento cuando el terremoto colapsó el piso más bajo de su edificio y le impidió salir. Sus vecinos la ayudaron montando una escalera en el techo para que pudiera salir a través de una ventana.

“Yo le agradezco a mi padre Dios, que nos tiene aquí por algo”, dijo.

Cerca de ahí, en la avenida Álvaro Obregón, Gala Dluzhynska tomaba una clase junto a otras 11 mujeres cuando empezó el sismo.

Tan pronto inició el movimiento, ella y sus compañeras salieron corriendo mientras escuchaban cómo las ventanas y el techo crujían a sus espaldas. Tras caer por las escaleras la gente empezó a caminar por encima de ella. La mujer gritó por ayuda y alguien le tendió una mano para levantarse. Dice que el polvo era tan denso que no podía ver nada.

“Ya no habían escaleras, eran piedras”.

Cuando finalmente lograron llegar a la entrada el edificio estaba cerrado, pero un guardia de seguridad abrió la puerta.

Afuera, el caos.

“Yo creo que sobrevivimos los que éramos más abajo”, dijo la mujer. En el lugar aún buscan a una de sus compañeras.

Dos horas después, Gala se encontraba sobre la acera cubierta de polvo. Tenía un pie vendado a causa de una cortada y dijo que poco antes se percató de la vulnerabilidad del lugar. ”Yo estaba pensando que este edificio con un temblor no está muy seguro pero nunca piensas que va a pasar en el mismo día”.

Un hombre maldicía su móvil mientras llevaba a su hija en brazos. “Quiero hablar con mi esposa pero no hay señal”, dijo, mirando a las personas a su alrededor. Todos estaban en condiciones similares.

Reina García miraba la pantalla del televisor de un restaurante con los ojos empañados de lágrimas. “Soy de Oaxaca y no puedo hablar con mi madre. ¿No saben nada de allá?”, preguntó a los demás. “Todavía tengo a un tío desaparecido por el terremoto anterior”.

Reina, de 53 años, lloraba. “Estaba trabajando pero ahora debo ir a ver a mis hijos. Esto es terrible”, se lamentó, para luego caminar.

Felipe, vigilante de seguridad privada, estaba en la planta baja del edificio en el que trabaja cuando el suelo empezó a temblar.

Cuando salió a la calle, una vecina le echó hacia atrás: “No puede estar ahí”, le dijo. A unos metros, en la esquina de la calle Amsterdam con Laredo, un bloque de viviendas empezaba a colapsar.

Con el paso de los minutos, el lugar se convirtió en una marea de gente en la que todos se hacían la misma pregunta: ¿cuántas personas quedaron atrapadas?

Entre los escombros, relata Felipe, quedó una mujer pidiendo auxilio. Gracias a la maquinaria que se emplea para subir hasta los cabezales de las farolas se le pudo salvar. Se escuchó que eran cinco las personas que quedaron atrapadas, pero otras versiones señalaban que eran diez o más.

Unos técnicos que trabajaban en el lugar, la céntrica colonia Condesa, arreglando el alumbrado público fueron los primeros en llegar.

El pasado 7 de septiembre se registró un temblor de 8,1 grados de magnitud en el sur del país que también se sintió en la capital mexicana y dejó 90 fallecidos además de miles de viviendas dañadas o derruidas, sobre todo en los estados sureños de Chiapas y Oaxaca.

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